- Fecha:August 3rd, 2008
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El arte y su deriva Disney.
Extraído de Vicente Verdú: en El Estilo del Mundo (pp. 132-135)
El Metropolitan de Nueva York (MET) posee en el mundo varias decenas de locales donde vende merchandising como si se tratara de la Warner Bros. [...] Más aún, el MET ha sido, en los últimos tiempos, uno de los lugares más codiciados por la alta sociedad para celebrar sus fiestas y sus bodas. Casi lo mismo que viene sucediendo en el Thyssen de Madrid y en tantas otras pinacotecas del mundo.
Las últimas convenciones de directores de grandes museos, que se celebran dos veces al año, una en Europa y otra en América, se centraron en el debate sobre la conveniencia de asumir las reglas de una gestión mercantil que garantizara su supervivencia. Tres de las mayores instiuciones de Estados Unidos - el Metropolitan de Nueva York, el Museum of Arts de Filadelfia y el Art Institute de Chicago - funcionan desde hace años con una directiva bicéfala, artística y empresarial; los directivos de las corporaciones patrocinadoras se han vuelto tan exigentes que no confían en un intelectual, por notable o genial que sea, sino que demandan también, en el equipo directivo, la figura de un gestor.
En Europa esta tendencia economicista, antes exclusiva de los norteamericanos, se ha acentuado en estos años, con el efecto de numerosas destituciones y dimisiones. En Austria, la orientación mercantil de varias instituciones museísticas escandalizó a diversos círculos intelectuales, y el director de la Casa de la Literatura, Heinz Lunzer, declaraba en marzo de 2002 que “La actual situación - funcionamiento como empresa privada - del Museo de Historia del Arte, del Museo de Artes Aplicadas, de la Biblioteca Nacional, del Teatro de la Ópera de Viena, representa una catástrofe cultural”. “Que los directivos de los museos se conviertan en gerentes de empresa puede resultar divertido y hasta sexy, pero no tiene ningún sentido”, añadió Peter Noever, director del Museo de Artes Aplicadas. Asimismo, Lorand Hegyi, director del Museo de Arte Moderno-Fundación Ludwig, sentenció: “Esta nueva estrategia cultural sólo puede conducir a Disneylandia” (El País, 23 de marzo de 2002). Luego presentó su dimisión.
¿Le llamaron para que continuara? Claro que no. El museo ha elegido entre Disneylandia y la muerte y, decididamente, ha preferido seguir viviendo, aun en la ficción. Desde mediados de los noventa ha prendido un tipo de museo que excita la sensibilidad del visitante y funciona con pautas semejantes a las de los parques temáticos. En el Holocaust Museum de Washington el público recibe a la entrada una tarjeta de identidad con el nombre de un determinado judío recluido en un campo de exterminio y durante el trayecto trata de encarnar las vicisitudes del prisionero. Versiones de esta misma idea se han repetido en decenas de instituciones dentro y fuera de Estados Unidos. Ralph Appelbaum, el arquitecto que ideó el American Museum of Natural History en Nueva York, expresaba este nuevo rumbo diciendo: “Estamos haciendo tremendos esfuerzos por crear un entorno emocional que atraiga al público”.

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